Les invito a escuchar el audio de mi reflexión sobre las lecturas del 4° domingo de Cuaresma (10 marzo 2013). Sigan el vínculo:
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Un abrazo.
lunes, 4 de marzo de 2013
REFLEXIÓN SOBRE LAS LECTURAS DEL 18 DE MARZO DEL 2013 (4° DOMINGO DE CUARESMA CICLO C)
LECTURAS
Jos 5,9.10-12: << En aquellos días, el Señor dijo a Josué: -Hoy os he despojado
del oprobio de Egipto. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la
pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día
siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes
ácimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó
el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la
cosecha de la tierra de Canaán. >>
Sal 33: << Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en
mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se
alegren. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo
consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo y
quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al
Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. >>
2 Cor 5,17-21: << Hermanos: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo
antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por
medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la
reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo
consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la
palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de
Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de
Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo
hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la
justificación de Dios. >>
Lc 15,1-3.11-32: << En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos
y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre
ellos: - «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta
parábola: -«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
"Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." El padre les
repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo
suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo
perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre
terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un
habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban
ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de
comer. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre
tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en
camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y
contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus
jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al
cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el
cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo." Pero el padre dijo a
sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un
anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo;
celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido;
estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. Su hijo
mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música
y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el
ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." Él se indignó y se
negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su
padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una
orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis
amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas
mujeres, le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tú
siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este
hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos
encontrado."»
- REFLEXIÓN
Providencialismo o fe en la Providencia
Jorge Arévalo Nájera
La fe según la Biblia, es un fenómeno complejo que dista mucho de un
simple asentimiento intelectual a ciertos enunciados religiosos que se proponen
como verdades divinas y mucho menos se reduce a la mera dimensión sentimental
que hace derramar alguna lágrima cuando se hace alusión a Dios. La fe es una
experiencia totalizadora del ser que introduce al hombre en una vida totalmente
nueva y que le permite descubrir (siempre en el entramado histórico) al Dios
que actúa para salvar.
Sin embargo, a pesar de su complejidad, la fe contiene y exige por parte
del hombre una actitud básica que es la de la confianza total en Dios. Una
confianza que abarca todas las dimensiones de la vida humana y así, el creyente
debe confiar en la acción providente de Dios en el ámbito de las necesidades
básicas como el comer, el vestir y el habitar bajo un techo, pero también en la
acción salvífica de Dios de cara a su suerte definitiva. Esto parece demasiado
obvio e innecesario de mencionar, y no obstante, al profundizar un tanto en la
vida de muchos que nos decimos seguidores del Cristo, no resulta tan evidente.
Las lecturas que hoy la Iglesia nos propone invitan a descubrir la presencia
misericordiosa y atenta de Dios a las necesidades de los hombres, pero también
conminan a vivir de acuerdo a esa presencia. Veamos de qué manera.
El trozo del libro de Josué,
se encuentra precedido en la estructura del mismo libro, por otro pasaje en el
que los israelitas han entrado a la tierra prometida y el caudillo sucesor de
Moisés circuncida a todos aquellos que no lo habían hecho en el desierto. Este
acto, que en otras culturas como la mesopotámica y la cananea, tenía carácter
higiénico, adquiere en Israel una connotación eminentemente religiosa, de
pertenencia al pueblo elegido y por lo tanto, a Dios.
El pueblo, que ha sido introducido finalmente por Josué a la tierra que
una vez se le prometió por medio de Moisés, tiene que asumir un compromiso de
vida pactado años atrás en el Sinaí, y ese compromiso debe ser signado con la
circuncisión. No es un rito mágico que por sí mismo garantice la pertenencia al
pueblo elegido, es un signo que remite en primer lugar al mismo creyente a su
fuente primera que es Dios y en un segundo momento le convierte en “sacramento”
(signo sensible de la acción salvadora del Señor) frente a las demás naciones.
El pueblo de Israel no puede vivir en la libertad que se le ha otorgado (“Hoy
he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto”) si no vuelve
constantemente a la savia vital de la alianza.
Este texto adquiere tintes emblemáticos al ser leído desde categorías
cristológicas, ya que efectivamente, para los cristianos Jesús es la nueva
Pascua, el paso definitivo hacia la tierra prometida que ya no es más una
tierra física prefigurativa, sino un estado de vida en comunión permanente con
Dios. La Pascua de Jesús (siempre indefectiblemente unida a su cruz) introduce
al cosmos entero en una nueva era, el que asume el dinamismo pascual “el
que vive según Cristo”, es una creatura nueva, más aún, “para
él, todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo” como asegura Pablo en su
carta a los Corintios.
Es interesante la precisión cronológica que hace el autor del libro de
Josué con respecto al día exacto en el que el misterioso maná cesó de alimentar
a los israelitas: “El día siguiente de la Pascua…A partir de aquel día, cesó el maná, y
desde aquel año comieron de los frutos que producía la tierra de Canaán.” ¿Por qué precisamente ese día? Evidentemente
que en el relato hay un trasfondo teológico y el texto no se reduce a una
anécdota histórica. El “día” no se refiere a un lapso de 24 horas, es una
referencia teológica que indica el inicio de una nueva era, es el “arranque” en
la historia de una realidad hasta entonces inédita y el maná es ante todo
símbolo de la providencia divina que acompaña a su pueblo en la travesía por el
desierto (que a su vez simboliza un tiempo de preparación espiritual para la
libertad) sin embargo, el maná es alimento para una etapa inicial en la vida de
fe y a cierto momento corre el peligro de convertirse en obstáculo para el
crecimiento espiritual del pueblo. Una vez asentado en Canaán, Israel deberá
asumir con madurez y responsabilidad el preciado e inigualable don de la
libertad y aprender a ejercerla para convertirse efectivamente en el pueblo de
la alianza, luz para los gentiles e instancia histórica que manifieste la
gloria de Yahvé.
Ahora bien, el pueblo creyente proclama su alabanza a Dios (Salmo) precisamente porque se sabe escuchado en la
tribulación y atendido en sus necesidades “Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos
todos juntos su poder. Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos
mis temores.” Y su confianza se basa en una experiencia previa de que
el “Señor
escucha el clamor de los pobres y los libra de sus angustias” En el
texto de Josué se proclama la responsabilidad ante el don y en el Salmo se proclama
la confianza en el Dios que todo lo provee. Es la fatigosa dialéctica entre las
dos dimensiones básicas que implica la obra salvadora de Dios: por un lado la
graciosa acción benéfica de Dios que todo lo da y por otro lado la responsable
acogida del don para hacerlo fructificar en la historia. El Dios de la Biblia
no es paternalista ni dispensa al hombre de su compromiso histórico. Es verdad
que no deja al hombre abandonado a su suerte ante las ciegas fuerzas cósmicas
(como afirman los deístas) pero su asistencia permanente consiste en
potencializar al hombre de tal forma que sea capaz en Cristo, de realizar obras
portentosas y realmente trascendentes en beneficio de sí mismo y de los demás.
Es Dios la causa última de todo bien, pero es el hombre su “mayordomo”, el
administrador que distribuye los bienes de la casa a todos los que la habitan.
Con demasiada facilidad nos quitamos la responsabilidad y preguntamos
¿Por qué el hambre en el mundo? ¿Por qué la marginación y el oprobio de tantos
hermanos? Recordemos que siempre alentados por el soplo divino, nos corresponde
luchar denodadamente por construir un mundo más justo a imagen del Reino sin
dejar para mañana el compartir lo que hoy tenemos y somos con los más
desprotegidos y necesitados.
“Comer del fruto de la tierra” como dice el libro de Josué no es sólo
acción divina sino también quehacer humano. Desde luego que esto no es labor en
solitario y bien nos los precisa san Pablo con la utilización del plural a lo
largo de toda su exhortación: “nos reconcilió…nos
confirió el ministerio de la reconciliación…nosotros somos embajadores de
Cristo…por nuestro medio es como si Dios los exhortara a vosotros…En nombre de
Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios…Al que nunca cometió
pecado, Dios lo hizo <<pecado>> por nosotros, etc.”
Evidentemente es una exhortación comunitaria, y es que la comunidad
cristiana solo se entiende cuando ejerce el ministerio de la reconciliación, de
la restauración de la relación rota entre Dios y el hombre. Cristo es el medio
por el cual el Padre se reconcilia con la humanidad, pero los discípulos
reciben la encomienda de administrar ese regalo preciado e invaluable, es decir
que los seguidores del Cristo son testigos y portavoces de la cancelación de
los pecados. Dios nos conmina hoy a dejarnos reconciliar con él, a aceptar en
nuestros corazones que su amor lo puede todo, que nada nos separa de él más que
nuestra propia y conciente decisión.
Ni nuestro pasado por más pernicioso y contumaz que haya sido, ni el
abandono de la casa paterna (Evangelio de Lucas), ni la arrogancia de exigir la parte de la
hacienda que nos corresponde, ni la vida disoluta. Nada puede arrojarnos del
corazón de Dios que mientras haya historia permanecerá atisbando a lo lejos con
los ojos llenos de esperanza anhelando ver por fin al hijo que regresa a la
casa. La fiesta es nuestro destino, el Padre ya ha dispuesto de su Cordero para
que tengamos vida, el anillo de la alianza consumada por la sangre de su Hijo
espera a nuestro dedo, ya los brazos abiertos del crucificado rodean nuestro
cuello y la túnica del bautismo nos ha hecho hijos y el banquete nos aguarda.
Levantémonos pues, volvamos a la casa y unidos a los hermanos decidamos
de una vez por todas responder a la gracia y empezar a vivir como hombres
nuevos, convirtiéndonos en ministros de la reconciliación de Dios con el mundo
y haciendo llegar la providencia de Dios a todos los que hoy el Señor ponga a
nuestro alcance.
Gracia y paz.
lunes, 25 de febrero de 2013
Audio/reflexión sobre las lecturas del 3 de marzo de 2013_3° de Cuaresma, Ciclo C.
Les comparto el audio de mi reflexión para el 3er domingo de Cuaresma. Ciclo C_2013. LA TEOFANÍA EN LA ZARZA QUE ARDE Y NO SE CONSUME.
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REFLEXIÓN SOBRE LAS LECTURAS DEL 03 DE MARZO DEL 2013 (3er DOMINGO DE CUARESMA)
1. LECTURAS
Ex 3,1-8. 13-15:
<< En aquellos días, pastoreaba
Moisés el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando
por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se
le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía
sin consumirse. Moisés se dijo: -Voy a acercarme a mirar este espectáculo
admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza. Viendo el Señor que Moisés
se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: -Moisés, Moisés. Respondió él: -Aquí
estoy. Dijo Dios: -No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el
sitio que pisas es terreno sagrado. Y añadió: -Yo soy el Dios de tus padres, el
Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Moisés se tapó la cara,
temeroso de ver a Dios. El Señor le dijo: -He visto la opresión de mi pueblo en
Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus
sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta
tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y
miel. Moisés replicó a Dios: -Mira, Yo iré a los israelitas y les diré: el Dios
de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se
llama este Dios, ¿qué les respondo? Dios dijo a Moisés: -«Soy el que soy». Esto
dirás a los israelitas: «Yo-soy» me envía a vosotros. Dios añadió: -Esto dirás
a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de
Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así
me llamaréis de generación en generación. >>
Sal 102:
<< Bendice, alma mía, al Señor, y
todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus
beneficios. El perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; él
rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. El Señor hace
justicia y defiende a todos los oprimidos; enseñó sus caminos a Moisés y sus
hazañas a los hijos de Israel. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a
la ira y rico en clemencia; se levanta su bondad sobre sus fieles. >>
1 Cor 10,1-6.10-12:
<< Hermanos: No quiero que ignoréis
que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y
todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el
mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues
bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la
mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el
desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no
codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres. No protestéis como
protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto
les sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes
nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree
seguro, ¡cuidado! no caiga. >>
Lc 13,1-9:
<< En aquella ocasión, se
presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió
Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: – ¿Pensáis
que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron
así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y
aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que
eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si
no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y
fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: –Ya
ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo
encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador
contestó: –Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré
estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.
>>
2. REFLEXIÓN
De la revelación del “nombre” a los frutos de la
higuera
Jorge Arévalo Nájera
Moisés, aquel hombre antaño importante en Egipto, poseedor de
privilegios, prestigio y riqueza lo ha perdido todo por defender a un hebreo
del abuso de un egipcio, ha tenido que huir de un terreno seguro y cómodo para
abrazar la difícil vida de un nómada pastoreador de ovejas. Es entonces cuando
Dios se le manifiesta en forma por demás sorprendente en una llama que si bien
sale de la zarza, no la consume. Es un extraordinario relato con doble
intencionalidad: teofánica y vocacional. El texto del Éxodo nos dice que Moisés “llevó el rebaño más allá del
desierto, hasta el Horeb, el monte de Dios” y que allí, “el
Señor se le apareció en una llama que salía de una zarza”. ¿Será mera
casualidad que el domingo anterior, Lucas nos ha dicho en su evangelio que
Jesús subió al monte con Pedro, Santiago y Juan y que es precisamente en ese
monte que Jesús se manifiesta a sus ojos en toda su gloria, y que además los
vestidos de Jesús se tornan relampagueantes o sea, destellan luz como lo hace
Dios en la zarza, y que (según los estudiosos del libro del Éxodo) la Zarza no sea una simple
planta desértica sino el nombre de un santuario semita, y si según el Nuevo
Testamento Jesús es el nuevo templo donde se adora al Padre en espíritu y en
verdad entonces Lucas nos está indicando que el Padre se manifiesta plenamente
en Jesús y en él se revela el Nombre divino?
Francamente me parecen demasiadas y muy claras las alusiones que hace
Lucas al texto del Éxodo para considerarlas simples coincidencias. Lo que ha
hecho el evangelista es leer en clave cristológica el texto del Éxodo para iluminar
el misterio de Jesús como revelación definitiva del Padre y clave de la
vocación discipular “Éste es mi Hijo amado, a él escuchen”.
Analicemos con más detenimiento este extraordinario relato del Éxodo en
su doble dimensión. Primer elemento:
La oración es el ámbito de la
revelación. En primer lugar, la revelación a Moisés se da en un ámbito bien
específico: ¡en un monte! Y no es una mera indicación espacial, como si Dios no
pudiera revelarse en un llano o en el mar o en donde se le viniera en gana.
Debemos buscar en el contenido simbólico que para los escritores bíblicos tiene
la imagen del monte; el monte simboliza el espacio existencial de encuentro
entre el mundo de lo divino y el mundo de lo humano.
Es Dios en cuanto comunicándose con el hombre, el Misterio sigue siendo
inaccesible al solo esfuerzo humano, es él quien debe manifestarse para dar a
conocer al hombre su ser y su designio. Sin embargo, corresponde al hombre un
esfuerzo, un dirigirse “más allá del desierto” para posibilitar y percibir la revelación.
Moisés (atendiendo al señalamiento líneas arriba mencionado acerca de la Zarza como un santuario)
acude a orar al santuario de Zarza (otro elemento de interpretación
cristológica de Lucas puesto que Jesús va con sus discípulos al monte precisamente
a orar) y es entonces en este ámbito de oración que la revelación se da.
Pero no imaginemos que orar significa lo mismo para los escritores
bíblicos que para nosotros. Desgraciadamente la vida orante se ha visto
reducida al momento puntual en el que el creyente se aparta del mundo para
dedicar unos minutos al encuentro con Dios. La oración en la concepción bíblica
abarca la existencia toda del creyente, una vida abierta y referida
constantemente a la voluntad de Dios, permanentemente escrutadora de los signos
de los tiempos para descubrir la voluntad del Padre en la cotidianidad de la
vida. No esperemos “ver” ni “escuchar” en absoluto a Dios sumergidos en la
dispersión y superficialidad de una vida sin referencia a Dios. Desde luego que
la existencia orante incluye ciertos momentos fuertes y de especial densidad en
los que debemos distanciarnos de todo para solo escuchar la Palabra que salva,
gozarnos en su Santa presencia y descubrirnos amados por Dios, pero estos
momentos nunca deben convertirse en escapismo del compromiso intramundano al
que somos llamados.
Segundo elemento: Dios como llama que sale de la
Zarza. El fuego es en la simbología de muchos textos
bíblicos, imagen de Dios mismo en cuanto dinamismo transformador, capacitador
del hombre para enviarlo a realizar empresas aparentemente imposibles. Así en
nuestro texto Moisés será enviado a liberar al pueblo esclavizado, en el relato
de la vocación profética de Isaías, el tizón encendido que toca los labios del
profeta le capacita para su misión. En el Deuteronomio es desde el fuego que
Dios habla y da la ley. En la primera
lectura del domingo anterior, Dios como antorcha encendida atraviesa por entre
los animales partidos para hacer alianza con Abran. En Pentecostés los
discípulos reunidos en el cenáculo recibirán al Espíritu que los impulsará a
anunciar el Evangelio hablando una lengua universal etc. En todos estos textos
el hombre (o el pueblo) aparece como incapaz, temeroso, mediocre, insuficiente
para levantarse por encima de sus miserias y entonces Dios se muestra como
fuerza incontenible que se comunica para convertirlo en liberador, profeta, promesa de fecundidad y
anunciador de mundos nuevos.
Para el que cree verdaderamente en el Dios bíblico no existe la palabra
“imposible”, no hay nada que no pueda alcanzar desde la potencia de su creador
y desde la fuerza de su fe. Es cierto que es sano y necesario reconocer nuestra
limitación creatural, pero esto no es un fin en sí mismo, solo es el escalón
para abrirnos a la potencia ilimitada del que todo lo puede en nosotros.
¡Arriba los ánimos, vosotros los de corazón apocado! (nos recuerda Isaías)
porque el fuego de Dios arde en nuestros corazones sin consumirlos.
Tercer elemento. La
permanente tentación de “echarle el guante a Dios”. Normalmente, en toda
relación que el hombre establece con la realidad circundante, él es quien toma
la iniciativa para interpretarla, para decodificarla y así poder integrarla en
su cosmovisión, con lo cual elimina lo amenazante que resulta lo desconocido.
Esto es así y guarda cierta normalidad cuando la relación se establece entre
dos iguales, pero no así cuando la relación es con el Absoluto.
Esta relación exige el rompimiento de todos los esquemas interpretativos
con que el hombre domina lo real y se ve lanzado a abrazar la imprevisibilidad
como único espacio de encuentro, es por ello que se exige de parte de la
criatura una actitud básica que es la escucha. En efecto, cuando Moisés,
atraído por la imagen fascinante de la llama que arde sin consumir la zarza se
acerca para “mirar” aquella maravilla, Dios le para en seco y le prohíbe
acercarse. Una vez más tenemos que recurrir a la simbología bíblica para
penetrar en el mensaje teológico del texto: los ojos son el órgano físico que
simboliza la inteligencia, la capacidad de penetrar en el sentido de lo real, y
por lo tanto, la mirada es la acción de apropiación de una realidad. Siendo
así, se entiende que Dios prohíba a Moisés el acto de “mirar” el misterio
teofánico ¡A Dios no se le puede ver no tanto porque sea inmaterial, sino
porque es inefable, inmanipulable, indescifrable, está más allá de las
posibilidades ónticas del hombre y todo intento de “echarle el guante” es
magia, ficción de una mente arrogante que acaba deformando la imagen de Dios y
reduciéndolo a simple objeto que encaja perfectamente en los esquemas
cognoscitivos humanos! ¡Dios reducido a dios!
Para relacionarse con el absolutamente trascendente es necesario
recurrir a otra categoría cognoscitiva que exige receptividad, reconocimiento
de que el sentido de lo real no está en el hombre y de que por lo tanto hay que
recibirlo del Otro, del soberano universal que precisamente por ser Palabra,
comunicación permanente solo puede ser captado mediante la escucha.
Cuarto elemento: Dios
se revela para enviar al hombre a liberar a sus hermanos. En la escritura, la manifestación del Señor a
su pueblo está indefectiblemente ligada al envío o misión que encomienda, casi
podríamos afirmar que la teofanía no tiene fin en sí misma sino que busca al
hombre para suscitar en él movimientos hacia su plenitud y consecuentemente se
da el impacto en los demás hombres. Así, la teofanía a Moisés es el modo
concreto en que Dios ha respondido al clamor de su pueblo oprimido y ha bajado
para liberarlos y llevarlos a la tierra espaciosa que mana leche y miel. Moisés
es el medio para liberar a Israel, pero recordemos, no recibe la revelación
sino en “el monte” (vida orante) y una vez que renuncia a la tentación de ser
él quien gestione la relación con Dios (no “mirar” sino “escuchar) sólo
entonces es posible descubrir en el Dios que se revela la elevada vocación para
la que fue creado el hombre: vehículo para la liberación de los hermanos.
Quinto elemento: La revelación
del nombre divino. Moisés pide una sola herramienta a Dios para lograr su
objetivo, ¡Conocer el nombre para a su vez dárselo a conocer a los
destinatarios de su misión! ¡Poca cosa pide Moisés! Aquí se hace necesario
profundizar (aunque sea solo un poco) en el significado del “nombre” en la
mentalidad bíblica. El nombre es mucho más que una etiqueta impuesta a las
personas con el mero fin de identificarlas. En el nombre se contiene el
misterio personal, la identidad del individuo, su ser íntimo, pero por ello
mismo, conocer el nombre es adquirir un cierto dominio sobre la persona.
Por ello, los capitanes de los ejércitos mantenían oculto su nombre ante
los enemigos y buscaban a toda costa averiguar el del capitán oponente. Lo que
pide Moisés es pues una temeridad y una necedad que manifiesta una
incomprensión enorme de quién es Dios y quién la criatura. Sin embargo y como
siempre, Dios sorprende y va más allá de cuanto el hombre espera y responde a
Moisés con una extrañísima formulación lingüística: YHWH que al paso del tiempo
se transformó en YAHWE y que tradicionalmente ha sido traducido como “Yo soy” o
“Soy el que soy” y que sin embargo es necesario hacer una precisión a dicha
traducción.
En realidad se trata de una forma verbal más que de un pronombre, ya que
si bien implica al sujeto “Yo”, no es una definición estática como si se
refiriera a la “ esencia” en términos filosóficos griegos sino al sujeto en
cuanto actuante en la historia. Así, la formulación abarca la acción del sujeto
en el pasado, presente y futuro. Aunque parezca un exceso, la traducción
debería ser “Soy el que ha sido, el que es y el que será”. Teológicamente esto
tiene mucha importancia ya que indica la presencia salvífica constante de Dios
en cada momento de la historia de su pueblo, no ha habido, no hay ni habrá un
solo instante que escape a la acción providente de Dios. YHWH es un término que
hace referencia al Dios creador y no al legislador, el Dios que se revela a
Moisés no puede ni debe ser entendido como uno que impone leyes para que el
hombre las cumpla, es ante todo el Dios que sostiene con su poder providente y
creador a su pueblo y las leyes vendrán hasta que haya sido liberado y como una
instancia que le ayudará a vivir en libertad.
Espiritualmente hablando, esto significa que el misterio de Dios se
revela a aquellos que disciernen su acción liberadora tanto en su pasado como
en su presente y cualquier posible futuro. Una visión tanto puntual (momento
concreto en que Dios ha actuado en mi vida) como global (a lo largo de toda mi
historia) es necesaria para interpretar el ser personal, la respuesta a la
pregunta sobre la identidad y el sentido de la vida sólo se encuentra cuando se
descubre inmerso a lo largo y ancho de la existencia en el amor divino. Sólo
así la historia se ve redimida y puede descubrirse su origen y trascendencia
última.
En esta clave interpretativa, el Salmo resuena y nos conmina a bendecir su santo
nombre con todo el ser. No significa solamente proclamar a Dios como “bueno” en
términos generales, sino en lo concreto de toda mi historia descubierta como
conducida hacia el bien definitivo. El Señor ha perdonado los pecados
(referencia al pasado), es compasivo y misericordioso (referencia al presente),
rescata tu vida del sepulcro (futuro) y en fin, actúa en la totalidad de mi
historia “Como desde la tierra hasta el cielo, así es de grande su misericordia”
que claramente es un merismo (recurso literario que hace alusión a la totalidad
mencionándola por los extremos).
En la Carta a los
Corintios se nos advierte sin
embargo, que si bien la experiencia del Dios providente y liberador fue hecha
por los antepasados “todos estuvieron bajo la nube, todos cruzaron el Mar Rojo y todos se
sometieron a Moisés, por una especie de bautismo en la nube y en el mar. Todos
comieron el mismo alimento milagroso y todos bebieron de la misma bebida
espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los acompañaba, y la roca
era Cristo. Sin embargo, la mayoría de ellos desagradaron a Dios y murieron en
el desierto” esto no fue suficiente, no supieron ir “más allá del
desierto, hasta el Horeb” como nos dice el texto del Éxodo porque “codiciaron
cosas malas”. Si bien es cierto que estamos llamados ir más allá del desierto,
el paso por éste es absolutamente necesario, no es posible llegar al Horeb sin
la travesía desértica.
El desierto es la etapa tradicional de “la prueba” (Ex 16,4; 20,20; Dt
8,2.16) que es parte de la existencia cristiana. El primer domingo de Cuaresma
se abrió anunciando ésta realidad irrenunciable para el cristiano, cuando en el
evangelio Jesús (tipo del hombre nuevo y del Israel escatológico)
inmediatamente que recibe el Espíritu, se adentra en la experiencia de la
tentación en el desierto. Pablo conmina a su comunidad a permanecer firmes en
la etapa de la prueba, a no sucumbir dejándose llevar por la tentación de
abrazar caminos distintos de los propuestos por Dios y revelados en la cruz de
Cristo. Es de notar la alegoría que utiliza Pablo al comparar el agua que salió
de la roca para que bebieran los israelitas con el agua espiritual que es
Cristo y aplicándola a nuestra vida, podríamos decir que no basta con comer y
beber el cuerpo y sangre sacramentales de Jesús, que la batalla definitiva se
libra en el campo de la existencia, donde hay que perseverar una vez alimentados
por las especies eucarísticas. El riesgo de no perseverar en la prueba es
grande, la vida definitiva está en juego “El que crea estar firme, tenga
cuidado de no caer” y en el evangelio de Lucas la esperanza en que por fin la higuera dará
frutos es la única razón por la cual el dueño del viñedo no la corta, sin
embargo el tiempo de la cosecha se acorta y un día la higuera (la Iglesia y
cada singular miembro de ella) deberá rendir
cuentas al dueño.
Gracia y paz.
lunes, 18 de febrero de 2013
Audio/Reflexión sobre las lecturas del 2° domingo de Cuaresma_2013
Hola a todos. Les invito a escuchar mi reflexión sobre las lecturas del domingo 24 de febrero de 2013_2° de Cuaresma, Ciclo C.
VÍNCULO AUDIO REFLEXIÓN: http://www.ivoox.com/reflexion-sobre-lecturas-del-24-febrero-audios-mp3_rf_1798749_1.html
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REFLEXIÓN SOBRE LAS LECTURAS DEL 24 DE FEBRERO DE 2013 (2° DOMINGO DE CUARESMA CICLO C)
- LECTURAS
Gn 15,5-12.17-18: << En aquellos días, Dios
sacó afuera a Abrán y le dijo: -Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y
añadió: -Así será tu descendencia. Abrán creyó al Señor y se le contó en su
haber. El Señor le dijo: -Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los Caldeos,
para darte en posesión esta tierra. El replicó: -Señor Dios, ¿cómo sabré que
voy a poseerla? Respondió el Señor: -Tráeme una ternera de tres años, una cabra
de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón. Abrán los trajo
y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó
las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba. Cuando iba
a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y
oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno
y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el
Señor hizo alianza con Abrán en estos términos: -A tus descendientes les daré
esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río. >>
Sal 26:
<< El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la
defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Escúchame, Señor, que te llamo, ten
piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré,
Señor, no me escondas tu rostro; no rechaces con ira a tu siervo, que tú eres
mi auxilio. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en
el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. >>
Flp 3,17-4,1:
<< Hermanos: Seguid mi ejemplo y fijaos en los que andan según el modelo
que tenéis en mí. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con
lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su
paradero es la perdición; su Dios, el vientre, su gloria, sus vergüenzas. Sólo
aspiran a cosas terrenas. Nosotros por el contrario somos ciudadanos del cielo,
de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. El transformará nuestra
condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía
que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados,
mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos. >>
Lc 9,28-36:
<< En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto
de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió,
sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él:
eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba
a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose
vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se
alejaban, dijo Pedro a Jesús: -Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres
chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al
entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el escogido,
escuchadle. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron
silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
>>
2. REFLEXIÓN
Del salir de la
casa a la manifestación de la gloria
Jorge Arévalo Nájera
La experiencia de la fe, es decir de la relación interpersonal con Dios,
no es (al menos no en los textos que hoy la Iglesia proclama universalmente
como Palabra de Dios) en modo alguno, la cursi y dulzarrona experiencia que
deja al hombre como sumergido y flotando en una “nube mística” que le arrebata
quien sabe a que cielo lejano. La irrupción en la historia del Dios cristiano
causa “un terror intenso y misterioso”, como nos dice la lectura del Génesis y nos confirma
el Evangelio: “…al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.” Y es
que la manifestación del Señor a sus elegidos se corresponde exactamente con su
naturaleza, en él hay una identificación entre su ser económico y su ser
ontológico, sus manifestaciones intrahistóricas (y por lo tanto perceptibles a
los ojos humanos) revelan en alguna medida el misterio inefable de su
interioridad.
Y dada la abismal diferencia entre el creador y su criatura, el
encuentro de ambas realidades es siempre un “shock” en todos los niveles del
ser del hombre, y si a esto aunamos que su naturaleza se encuentra dañada por
el pecado (ya el personal, ya el original) que deforma su imagen de Dios, pues
están dadas todas las condiciones para producir el “terror intenso” del que
habla la primera lectura.
Por otro lado, la revelación de Dios comporta siempre una terrible y
desgarradora exigencia de desinstalación, de abandono de “la casa”, de la
madriguera que cobija y permite “recostar la cabeza”. Abran, prototipo del
creyente, solo puede recibir y percibir la voz de Dios una vez que está fuera
de “su casa”, pues mientras el hombre permanece a buen resguardo, cobijado por
las realidades que a sus ojos aparecen como aseguradoras y tranquilizadoras, la
voz de Dios permanece inaudible o desprovista de significación vital.
La “casa” del hombre no puede ser la de Dios, más bien es el hombre
quien debe encaminarse hacia la “casa” del Padre, hacia la tierra que mana
leche y miel. Pero si bien el hombre debe ponerse en marcha (como efectivamente
hace el anciano patriarca más adelante), el alcanzar la tierra de plenitud es
sobre todo obra de Dios, fruto de una promesa cumplida: “Así será tu descendencia”.
La promesa de la numerosa prole es anuncio simbólico de permanencia, de
fertilidad y abundancia, de plenitud (diríamos en lenguaje actual). Hasta aquí
la cosa “suena bonito”, Dios que promete…total, a ver si es cierto. Pero cuando
al anciano se le ocurre pedir a Dios una garantía “Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a
poseerla”? El panorama cambia. Es muy interesante la referencia a la ubicación
temporal del relato “Estando ya al ponerse el sol” y el estado físico y anímico del
patriarca “Abram cayó en un profundo letargo y un terror intenso y misterioso se
apoderó de él”
¿Será acaso una simple referencia anecdótica en la vida de Abran? Francamente
eso se antoja absurdo, sobre todo si atendemos al profundo significado
simbólico que las expresiones “al
anochecer” o “al atardecer” (Mt
8,16; 27,57) o “al despuntar el alba” ( Mt 28,1) tienen en la Escritura y que remite
a la “zona” limítrofe entre la luz y la oscuridad, al “espacio” en el que se
entrecruzan la acción de la luz (Dios) y la oscuridad (las fuerzas demoníacas
opositoras al proyecto de Dios) En el caso de las dos primeras expresiones se
enfatiza el menguar de la luz que parece estar siendo engullida por la
oscuridad y en la última expresión, es el sol el que se encuentra a punto de
imponerse a la oscuridad cuyo reinado termina. Cuando Dios se manifiesta al
hombre, en efecto inicia una nueva era, una nueva realidad comienza. Pero nunca
la transición entre el viejo hombre y el nuevo es pacífica, al contrario, “el
Reino de Dios se arrebata con violencia” y el poseído por “espíritus
inmundos” se siente amenazado y grita con grande voz “¿Que tienes que ver con
nosotros, Jesús de Nazaret?”. En el esquema religioso, propio de las
religiones naturales la divinidad dicta ciertas órdenes y el hombre las cumple,
no hay sorpresa, a tal acción tal reacción, el hombre cumple mandatos y la
divinidad le recompensa, no hay misterio, hay reciprocidad, hay comercio.
Sin embargo, el Dios de la Biblia es siempre impredecible y va más allá
de lo que el hombre puede o quiere imaginar, es inasequible a los intentos de
manipulación y por ello es siempre un desafío insuperable que impulsa al hombre
hacia la apertura y receptividad permanente. Volviendo al texto del Génesis, la
muerte y el fracaso parecen cernirse sobre las intenciones de Abran, ha
obedecido pero su religiosa obediencia no parece generar vida “pronto
comenzaron los buitres a descender sobre los cadáveres”, se ilustra la
fatigosa espera del creyente al que solo le corresponde permanecer ahuyentando
a los depredadores mientras aguarda que Dios actúe.
Cuando toda esperanza parece desvanecerse y la realidad objetiva nos
grita que solo hay muerte y oscuridad (“estando ya para ponerse el sol”)
el patriarca da un salto cualitativo en su relación con Dios, suspende su
especulación racional, se postra, se abandona en la oscuridad de la fe
superando la grosera oscuridad de los sentidos (todo ello simbolizado por la
expresión <<cayó en un profundo letargo>> que nos evoca el profundo
sueño de Adán en el relato de la creación de la mujer.) Ante la manifestación
siempre creadora de Dios, el hombre solo puede postrarse, rendirse y renunciar
a cualquier intento de comprensión meramente racional, solo entonces es posible
experimentar en toda su profundidad y significación la manifestación de Dios.
Sin embargo, todavía no termina la vorágine que implica la relación con
Dios, lejos de desembocar en un remanso de paz, el abandono de Abran le sume en
un terror sobrenatural, en el terror de la ausencia de seguridades en las que
afianzarse, cuando no hay nada más que la fe desnuda, entonces termina por
ocultarse el sol y la densidad de la noche sobrecoge, pero también es entonces
cuando Dios se manifiesta como un espléndido “brasero humeante y una antorcha
encendida” que pasa por “entre aquellos animales partidos”.
Entre las antiguas tribus nómadas
semitas se realizaban pactos o alianzas que permitían la supervivencia ante el
peligro que representaban otras tribus más fuertes y agresivas. Dichos pactos
consistían en hacer un camino delimitado por los cuerpos de animales partidos
que se inmolaban y mientras ardían, los jefes tribales caminaban juntos por el
sendero aspergido con la sangre de las víctimas simbolizando y sellando un
pacto que comprometía la vida y destinos de las tribus en cuestión. Era una
alianza de protección y hermandad indisoluble. El compromiso incluía la tácita
aceptación de que la infidelidad a la alianza sería castigada con la muerte.
De tal suerte que lo que está ordenando Dios a Abran es la preparación
para una alianza. Pero el anciano no sabe cuales son las partes que pactarán,
en el fondo no entiende de qué se trata la ordenanza de aquel extraño Dios de
las montañas. Hagamos un esfuerzo imaginativo y traigamos a la mente la figura del patriarca que no da
crédito a lo que ven sus ancianos ojos: Dios es el que realiza la alianza y él
es el beneficiario del pacto, no se le exige compromiso, Dios camina sólo por
en medio de los animales inmolados, él es quien se compromete en ese pacto de
sangre, es un compromiso unilateral, de absoluta gratuidad ¡Todos los esquemas
religiosos se vienen abajo! No hay que esforzarse demasiado para intuir la
prefiguración de la alianza definitiva que muchos siglos más tarde Dios
realizará con todos los hombres mediante la inmolación de su Hijo, víctima
voluntaria que a la vez recorrerá el camino aspergido por su propia sangre y su
cuerpo partido y entregado por los muchos garantizará el pacto. El fruto de la
alianza prefigurativa es la posesión de la tierra, para el cristiano, el fruto
de la alianza definitiva es la vida en el Espíritu, la vida en, con y por Dios.
Por supuesto que el texto del Génesis suscita la respuesta confiada del
pueblo que se sabe amado y protegido de tal modo y por tal Dios. Entonces todo
temor se desvanece “¿a quién voy a tenerle miedo?” canta el salmista, entonces
el corazón se ve pulsionado hacia el Señor, y es posible “ver” la bondad del
Señor en esta misma vida. El Salmo contribuye a establecer la línea teológica que
articula nuestras lecturas: Se trata de “ver” el amor bondadoso de Dios. Abran
“ve” pasar a Dios por entre los animales sacrificados y en la Carta a los Filipenses, se contraponen dos formas de vida, la vida
antigua (enemiga de la cruz) y la vida nueva de los ciudadanos del cielo que
esperan la manifestación definitiva de Jesucristo, que “transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante
al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las
cosas.” Pablo hace hincapié en la
dimensión visual cuando invita a sus hermanos a imitarlo y a observar la
conducta de los que siguen su ejemplo y no debemos entender la esperanza con
que Pablo anima a los filipenses (al menos no exclusivamente) como referida a
un futuro indeterminado, Jesús es el eterno “viniente”, está permanentemente
llegando a su comunidad y por lo tanto ejerciendo los efectos de su pascua en
el hoy comunitario.
Digamos solo una brevísima palabra sobre la “transformación del cuerpo”
a la que alude
Pablo. Cuerpo significa mucho más que el conjunto de células que forman
la dimensión visible del hombre, cuerpo es la dimensión relacional del hombre.
En tanto relación, el hombre se hace cuerpo, y por lo tanto en cuanto se
impacta la historia se es corporal. Los cuerpos partidos de las víctimas
prefiguran la entrega del Hijo que entregará a los hombres su forma concreta de
impactar la historia, y esa forma se llama cruz del Gólgota. Por ello, el
cuerpo resucitado de Jesús es el tipo del cuerpo transformado del hombre,
llamado y cualificado para transformar la historia desde su propia cruz. No son
las grandes cualidades del hombre las que lograrán transformar el mundo en uno
más justo y humano, solo la potencia de la cruz de Cristo asumida en la vida
concreta y particular de cada singular cristiano y en la de la comunidad
eclesial podrá generar estructuras sociales afines al reino de Dios.
Finalmente, en el Evangelio de Lucas, Jesús es presentado como la manifestación
definitiva de Dios en medio de la historia humana. La ley y la profecía
desaparecen o mejor dicho son asumidas y llevadas a su plenitud en ése a quien
desde ahora hay que escuchar como la Palabra definitiva dicha por el Padre para
beneficio del hombre, por eso la voz paterna cesa y Jesús queda solo. No hay
otra realidad sobre la tierra que pueda hablar al hombre sobre el misterio de
Dios y el suyo propio, no hay otra ley que pueda conducir al pueblo hacia su
libertad definitiva. También aquí se trata de “ver” la gloria de Jesús. No es
necesario creer en la literalidad del texto y por lo tanto en una especie de
acto mágico al estilo David Coperfield. Recordemos que la gloria de Dios en el
Nuevo Testamento es la salvación del hombre, allí donde alguien vive las
categorías del hombre nuevo renacido del Espíritu se manifiesta la gloria de
Dios. Por lo tanto, lo que ven los discípulos en Jesús es la encarnación
perfecta de esa gloria, al nuevo hombre que cumple cabalmente los designios del
Padre.
Pero aunque el texto evangélico en efecto tiene una dimensión
cristológica (habla de Cristo), también tiene una dimensión eclesiológica y por
lo tanto nos interpela a cada uno de nosotros. En la tradición sinóptica
(Mateo, Marcos y Lucas) la figura de Jesús es inclusiva, es decir que todo lo
que se dice de Jesús se dice del discípulo porque Jesús es el nuevo Israel y la
nueva humanidad. En consecuencia, la comunidad en conjunto y cada miembro en
particular está llamada a testimoniar la gloria de Dios en su vida.
Así, se delinea un itinerario espiritual muy claro, que comienza con el
abandono de “la casa” para poder escuchar la promesa, sigue con el “hacer” lo
que corresponde al hombre según el mandato divino, el esperar paciente a que
Dios se revele renunciando a todo intento por reducir a lo racional la realidad
objetiva y arrojándose en el abismo de la noche oscura confiando contra toda
aparente lógica en el amor de Dios. Entonces veremos la gloriosa manifestación
del Señor y seremos transformados en cuerpos gloriosos capaces de edificar el
Reino en la historia.
Gracia y paz.
lunes, 11 de febrero de 2013
AUDIO/REFLEXIÓN SOBRE LAS LECTURAS DEL 17 DE FEBRERO DEL 2013 (1er DOMINGO DE CUARESMA CICLO C)
Les invito a escuchar mi reflexión sobre las lecturas del domingo 17 de febrero de 2013_1er domingo de Cuaresma. El tema es la universalidad y unicidad de la salvación en Cristo en el diálogo con otras religiones.
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